Crítica: MISOTHEIST – «De Pinte»

Banda: Misotheist

Título:  De Pinte

Año: 2026

País:  Noruega

Formato: Álbum

Duración: 41 minutos

Discográfica: Terratur Possessions

Género:  Black Metal

(9/10)

Cuarto larga duración de los noruegos de Trondheim, De Pinte llega sin anunciar redención ni evolución complaciente. No hay giro accesible ni intento de suavizar aristas. Lo que hay es una profundización en su propio abismo: más densidad, más control, más presión psicológica. Una banda que ya no necesita demostrar nada, solo afilar lo que ya duele. “Unanswered Thrice” no abre: embiste. Las guitarras se arrastran en espiral, disonantes, tensas, como cables pelados chispeando en agua sucia.

No hay melodía que te guíe. Hay fricción. Repetición que no conforta, sino que desgasta. La voz no declama: escupe. Suena a garganta rota, no a pose. “Blinded and Revealed” endurece la estructura. La batería no dispara por inercia; golpea con mala intención. Hay huecos calculados donde el aire pesa más que el blast. El bajo vibra grueso, casi físico, empujando desde abajo como un bloque de hormigón cayendo lento. Todo está claro en la mezcla, demasiado claro. No hay suciedad que oculte errores.

Si algo corta, lo hace limpio. “Kjetterdom” es el punto donde la tensión se vuelve compacta, casi insoportable. No necesita correr para aplastar. El riff se clava y gira sobre sí mismo hasta que la atmósfera se vuelve irrespirable. Aquí la banda demuestra que sabe construir violencia sin depender del exceso. Es agresión contenida, dirigida, con precisión quirúrgica. Y luego llega “De Pinte”. Más de veinte minutos de desgaste mental. No es épica. No es grandilocuencia. Es erosión lenta, repetición que muta apenas lo justo para mantener la incomodidad.

El tema se expande y se repliega como una masa oscura que respira. No hay clímax liberador. Hay acumulación y descomposición. Lo más brutal del álbum no es la velocidad ni la técnica. Es el control. Cada sección está medida para mantener la presión sin romperla. El espacio se usa como arma: silencios tensos, desarrollos pausados, capas que se apilan hasta que todo se vuelve denso como alquitrán. De Pinte no quiere gustar. Quiere imponerse. No ofrece escapatoria ni catarsis. Solo una experiencia cerrada, fría y deliberadamente incómoda. Black metal sin romanticismo. Sin mística. Sin aire.

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